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Querernos “piantaos” e incompletos

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  ¿Quién no sintió que algo siempre le falta? ¿Y que “esa carencia” nos hace sentir incompletos? Sí, seguramente te pasó y no es una experiencia sencilla, no es un tránsito amable para con uno mismo. Entonces, aquí una idea para empezar a ver la cuestión desde otro lugar puede ser: ¿cómo puedo constituirme en observador/a de eso que mi mente dice que me falta? Y claro está, primero tenemos que entender –ante todo- que es nuestra mente la que nos dice que algo nos falta porque lo está viendo desde el marco referencial de una creencia. Por ende, al toparnos con la afirmación que eso que “nos falta”, no nos define, ya desestabiliza esa creencia. Después, después llega el proceso –a veces arduo- de indagar sobre los orígenes de esas creencias, quién nos dijo qué, cómo o desde cuándo nos vienen regando el baobab que dice que sólo cuando tengamos o seamos “eso”, estaremos completos. Tal vez, por eso El Principito insistía en la necesidad de realizar una limpieza continua de su plan

Jugar a la rayuela para llegar al cielo

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  -Me perdí de vista, no sabía dónde estaba… -, me dijo Lucía mirando al horizonte, como si fuera que allá a lo lejos, se podría encontrar. Se aclaró la voz, inhaló profundo, casi como un suspiro, y volvió a hablar: -No me dí cuenta que nunca salí de ese rincón en el que me refugié toda la vida, ese en el que casi ya me sentía cómoda porque era “mi lugar conocido”. El rincón de los rechazos, los abandono, de los No, o ahora no-. Una lágrima negra por el delineador le surcó la mejilla. -Nunca vi la gran cantidad de dolor que había, tuve que volver a caer en un pozo para identificar los lugares comunes, los vacíos, los agujeros-. El llanto le anudó la garganta, le estrujó el corazón. El silencio nos pesó en los oídos por largos minutos. Se enjugó las lágrimas, se sonó la nariz con aquel pañuelo que le había regalado su madre y reflexionó: -No me había dado cuenta la cantidad de veces en que me sabotee la felicidad, los buenos abrazos y el sí de la vida. Volvió a romper en

Profecía autocumplida

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 “Ya sabés, cuando quieras pasar un buen momento, avisame…”, me dijo y me guiñó un ojo. Se sentó en la cama y comenzó a vestirse. Sentí un malestar en el estómago, pero no le dí importancia. Cuando él cerró la puerta, volví a recostarme, prendí la tele, justo empezaba una peli que hacía rato quería ver. La miré un rato, pero no lograba conectarme. Apagué la tele, me levanté, dí un par de vueltas por la casa, me preparé un mate y me puse a regar las plantas mientras los grillos comenzaban a dar sus primeros conciertos a la naciente noche. Estaba echando agua al último plantero y sentí un dolor insoportable en la boca del estómago. Me tuve que sentar de cuclillas, estuve en esa posición por largos segundos. Después, mientras me sostenía por la pared, me fui incorporando de a poco. Comencé inhalar y exhalar y me fui a recostar en la misma cama, sobre las mismas sábanas, que varios minutos antes fue testigo de un acto sexual. Por instinto, me acomodé en posición fetal y sin ningún