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Profecía autocumplida

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 “Ya sabés, cuando quieras pasar un buen momento, avisame…”, me dijo y me guiñó un ojo. Se sentó en la cama y comenzó a vestirse. Sentí un malestar en el estómago, pero no le dí importancia. Cuando él cerró la puerta, volví a recostarme, prendí la tele, justo empezaba una peli que hacía rato quería ver. La miré un rato, pero no lograba conectarme. Apagué la tele, me levanté, dí un par de vueltas por la casa, me preparé un mate y me puse a regar las plantas mientras los grillos comenzaban a dar sus primeros conciertos a la naciente noche. Estaba echando agua al último plantero y sentí un dolor insoportable en la boca del estómago. Me tuve que sentar de cuclillas, estuve en esa posición por largos segundos. Después, mientras me sostenía por la pared, me fui incorporando de a poco. Comencé inhalar y exhalar y me fui a recostar en la misma cama, sobre las mismas sábanas, que varios minutos antes fue testigo de un acto sexual. Por instinto, me acomodé en posición fetal y sin ningún

Manos que enlazan

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  Una tarde de verano, tiempo de vacaciones para ser más precisa, un par de primos y yo decidimos salir a dar unas vueltas en bicicleta. Como los que guiaban la caravana eran dos de los mayores, nos animamos a recorrer un camino que nos llevaba hasta las afueras del pueblo. Esa zona no era conocida para mí, ya que no estaba en el camino que habitualmente recorríamos con mi familia cada vez que visitábamos a los abuelos. Casi llegando a una ruta que comunicaba con otro pueblo cercano, encontramos una vieja casa hecha de barro y con el techo a dos aguas, como se estilaba antes. Era chiquita, con un cerco hecho con madera del lugar, todas las tablas estaban pintadas de blanco. En la vereda, estaba sentado un señor muy mayor, que tenía algo así como una cinta gruesa y oscura en una mano y un cuchillo en la otra. Mis primos mayores lo saludaron y siguieron. Yo lo miré unos instantes, pero no lo saludé porque no lo conocía, no sabía quién era. Cuando volvimos a la casa de mis abuelos,

Cuestión de intención

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-Disculpame, tenía la intención de ir a ver la muestra, pero se me hizo tarde-, dijo Inés, mientras una tocecita seca se colaba en su garganta. -No te preocupes, entiendo que te surgieron contratiempos-, le respondió Marita del otro lado. Y por unos microsegundos, Inés sintió casi como una contracción en el corazón. Sabía que sí, era cierto, se le había hecho tarde para asistir a la muestra de artesanías de su amiga de la infancia, pero también, sabía que ese día habían sucedido muchas cosas, todas con mucha carga motiva, muchos sentires que la atravesaban. Sabía que en el último tiempo invirtió mucho esfuerzo en escucharse y hacerle caso a todas a las demandas que le hacía su cuerpo, a respetar sus sentimientos y esa tarde, cuando las obligaciones laborales y de la casa habían concluido, ella sintió que debía tomarse un respiro. Anheló, una vez más, que el baño de la vieja casona que habitaba, contara con una bañera donde poder hundirse y relajarse. Cuando comenzó desvestirse

El desafío de cambiar

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  “Si no estamos atentos, con el ojo avizor controlando cada tanto nuestras rutinas, un día podemos quedarnos anclados en el pasado. Por eso siempre es un desafío cambiar”, me dijo don Quispe, el viejo farmacéutico de una antigua botica ubicada en aquella esquina de Flores, en la ciudad de Buenos Aires. Recuerdo su nombre porque estaba prolijamente bordado -en punto cadena con un fino hilo azul-, en el bolsillo izquierdo sobre su pecho de la blanca chaquetilla. En ese momento, yo no entendía nada de lo que decía porque el dolor de cabeza que sentía, me provocaba un aturdimiento tremendo. Una vez que el anciano concluyó su sentencia, se quedó mirándome como esperando una devolución, un “¡retruco, vale cuatro!”, pero apenas atiné a decirle: -Necesito una aspirina y un vaso de agua, por favor. -¡Bueh…!-, fue su respuesta y caminó hasta el estante donde guardaba las cajas de aspirinas. Me la entregó y pidió a un joven que limpiaba en el fondo, que me trajera el agua. Me cobró y