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Jugar a la rayuela para llegar al cielo

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  -Me perdí de vista, no sabía dónde estaba… -, me dijo Lucía mirando al horizonte, como si fuera que allá a lo lejos, se podría encontrar. Se aclaró la voz, inhaló profundo, casi como un suspiro, y volvió a hablar: -No me dí cuenta que nunca salí de ese rincón en el que me refugié toda la vida, ese en el que casi ya me sentía cómoda porque era “mi lugar conocido”. El rincón de los rechazos, los abandono, de los No, o ahora no-. Una lágrima negra por el delineador le surcó la mejilla. -Nunca vi la gran cantidad de dolor que había, tuve que volver a caer en un pozo para identificar los lugares comunes, los vacíos, los agujeros-. El llanto le anudó la garganta, le estrujó el corazón. El silencio nos pesó en los oídos por largos minutos. Se enjugó las lágrimas, se sonó la nariz con aquel pañuelo que le había regalado su madre y reflexionó: -No me había dado cuenta la cantidad de veces en que me sabotee la felicidad, los buenos abrazos y el sí de la vida. Volvió a rompe...

Profecía autocumplida

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 “Ya sabés, cuando quieras pasar un buen momento, avisame…”, me dijo y me guiñó un ojo. Se sentó en la cama y comenzó a vestirse. Sentí un malestar en el estómago, pero no le dí importancia. Cuando él cerró la puerta, volví a recostarme, prendí la tele, justo empezaba una peli que hacía rato quería ver. La miré un rato, pero no lograba conectarme. Apagué la tele, me levanté, dí un par de vueltas por la casa, me preparé un mate y me puse a regar las plantas mientras los grillos comenzaban a dar sus primeros conciertos a la naciente noche. Estaba echando agua al último plantero y sentí un dolor insoportable en la boca del estómago. Me tuve que sentar de cuclillas, estuve en esa posición por largos segundos. Después, mientras me sostenía por la pared, me fui incorporando de a poco. Comencé inhalar y exhalar y me fui a recostar en la misma cama, sobre las mismas sábanas, que varios minutos antes fue testigo de un acto sexual. Por instinto, me acomodé en posición fetal y sin ni...

Manos que enlazan

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  Una tarde de verano, tiempo de vacaciones para ser más precisa, un par de primos y yo decidimos salir a dar unas vueltas en bicicleta. Como los que guiaban la caravana eran dos de los mayores, nos animamos a recorrer un camino que nos llevaba hasta las afueras del pueblo. Esa zona no era conocida para mí, ya que no estaba en el camino que habitualmente recorríamos con mi familia cada vez que visitábamos a los abuelos. Casi llegando a una ruta que comunicaba con otro pueblo cercano, encontramos una vieja casa hecha de barro y con el techo a dos aguas, como se estilaba antes. Era chiquita, con un cerco hecho con madera del lugar, todas las tablas estaban pintadas de blanco. En la vereda, estaba sentado un señor muy mayor, que tenía algo así como una cinta gruesa y oscura en una mano y un cuchillo en la otra. Mis primos mayores lo saludaron y siguieron. Yo lo miré unos instantes, pero no lo saludé porque no lo conocía, no sabía quién era. Cuando volvimos a la casa de mis abuel...